sábado, 7 de junio de 2014

Maestra

El metal de la cuchara choca con el cristal de la taza haciendo un tintineo repetitivo para disolver el azúcar del primer café de la mañana. Sentado en la terraza de la cafetería, pasa las hojas del diario que lee en el teléfono. Mientras repasa la actualidad digital, su mirada se detiene en la sección de Educación. Las condiciones están cada vez peor. Entonces recuerda lo importante que fueron para él los años en el colegio, en el instituto, en la universidad. La importancia que tiene que haya un buen sistema educativo que dote de argumentos a las personas para tener criterio en la vida... Reflexiona. El aroma del café penetra en sus sentidos y lo transportan a su primer día de colegio. Viaja con la mente a la vieja cocina de su casa, donde la cafetera echa humo. Apenas puede apurar la tostada con aceite que habitualmente devora con fruición. Tiene los nervios en el estómago, no sabe qué le deparará la nueva experiencia. Es su primer día de colegio. Tiene una doble sensación de miedo a lo desconocido mezclada con la intriga por conocer. 
Baja la cuesta de San Benito andando, cogido de la mano de su vecina varios años mayor. Cuando llega al Moro, hay ya un montón de niños que se distribuyen en filas separadas por cursos en el lado derecho del porche. Es la zona de la primera etapa. Los de parvulario están junto a la puerta negra de entrada. Toca la sirena y los pequeños van accediendo, ordenadamente, a sus aulas. Apenas tiene que subir un piso. A la derecha está su clase y en la puerta lo espera ella. La maestra. La señorita Inmaculada. Recibe a todos los niños con cariño, con una sonrisa. Reconoce a los de 5 años que ya estuvieron con ella el curso anterior. Se presenta a los que, como él tienen 4 años y son nuevos. Le ayuda con su maleta y lo sienta en una mesa redonda junto con otros cinco niños. En la clase hay unos treinta más. La señorita Inmaculada es joven, alta, de ojos grandes, va bien peinada y tiene la voz muy dulce. Ella tiene por delante la difícil tarea de enseñarle los números, a leer y a escribir, a desarrollar su imaginación, su psicomotricidad... Él por delante tiene la estimulante tarea de aprender. La maestra le cae bien. Le calma los nervios y le hace sentir a gusto. Transmite confianza. Así que se relaja y observa. El aula es enorme, los bajos de las blancas paredes están recubiertos por una pizarra negra a la altura de los pequeños. Otra pizarra grande preside el aula y justo encima hay una foto con un hombre rubio y una mujer de pelo corto que miran fijamente a los niños. A la izquierda la mesa de la maestra. Tres grandes ventanales dejan penetrar mucha luz. 
Uno de los niños llora. Quiere irse con su madre otra vez. No quiere estar allí, repite una y otra vez. Se levanta y da patadas a la puerta. Entonces la señorita Inmaculada con mucha delicadeza lo convence para que se quede con la promesa de que se lo va a pasar bien. Y así es. Ese primer día todos se lo pasan muy bien. Del mueble que había al final de la clase sacan toda clase de juegos, cuentos, un pequeño teatro de cartón con dos cortinas pequeñas y varias marionetas. La maestra les dio tizas para pintar en las pizarras. Las esponjas para borrar los garabatos había que cogerlas de un bombo de 5 kilos de detergente reconvertido. Así que, cuando volvió a su casa estaba contento y feliz. Quería ya que fuera por la mañana otra vez para regresar al colegio. Estaba maravillado por ese nuevo mundo que acababa de conocer.  
Con el paso de los días, casi sin darse cuenta aprende cada vez más. Observa cómo la señorita Inmaculada trabaja con pasión y transmite toda su energía para que los niños aprendan. Él, muy sutilmente, casi sin darse cuenta, va cumpliendo objetivos, va aprendiendo que el 1 era un soldado haciendo las instrucción, el 2 un patito tomando el sol, el 3 una serpiente que no para de bailar y el 4 una silla que invita a descansar. Luego con la cartilla que le compró su madre "an cá" Lorenzo Rivera aprende a trazar las letras y a juntarlas formando primero sílabas luego palabras y con el paso de los meses, frases del estilo de "mi mamá me mima". 
Tras dos años acabó el parvulario. Tenía que continuar su escalada por el primer curso del ciclo inicial de la EGB. Ahora su nuevo aula estaba en el 2º piso. Mientras subía agarrado a la baranda de las escaleras miró a la que había sido hasta entonces su clase. Y allí estaba ella. Allí estaba la señorita Inmaculada arropando con su sonrisa y su cariño a una nueva tanda de niños y niñas que iniciaban su camino en el colegio. 
Apuró el café, cerró la aplicación del móvil donde había estado leyendo el periódico y aún absorto en sus recuerdos se puso a escribir unas letras dedicadas a la maestra que le enseñó a escribir.   

viernes, 9 de mayo de 2014

Jugando a soñar

Era, también, introvertido. En la planta alta del restaurante que regentaban sus abuelos y en el que trabajaban sus padres, a sus nueve años, jugaba a soñar. Soñaba con la respuesta que daba siempre a la pregunta ¿qué quieres ser de mayor? Y jugaba con la respuesta. Con los medios que tenía. 
Cogía carrera en el largo pasillo, entraba en el dormitorio de sus abuelos, saltaba antes de pisar la cinta aislante negra que había pegado en el suelo y caía en un viejo colchón de espuma que amortiguaba el golpe con el suelo. Después con la cinta métrica de la costura de su madre medía el salto y lo apuntaba en una libreta. Así pasaba las tardes y los días de vacaciones, cuando no tenía que ir a colegio. La segunda planta de aquel restaurante era su peculiar estadio en el que emulaba escuchar los aplausos del público tras salir del foso. Quería tener unas zapatillas de clavos como le había visto a vecinos del pueblo que practicaban atletismo en la recta de tierra del polideportivo. Quería saltar como el Jaime Macías o el Tope Murillo (más de 7 de metros y 11 segundos en el 100 en aquellas instalaciones de los años 80). Y por qué no, llegar a saltar más de 8,23 que tenía Antonio Corgos como Récord de España. 
Devoraba las competiciones que ponían en televisión y se fijaba en los protocolos que ponían en práctica los saltadores antes de empezar. Él hacía lo mismo en aquel pasillo. Media los pasos, imitaba los gestos, daba el brinco... hasta que un día la tela del roído colchón se rompió. En el agujero fue a meter el pie tras salir de un enorme salto, con tan mala suerte que en el tropiezo rompió el cristal del balcón con la mano. El estropicio fue tremendo. Casi se queda sin mano por lo cortes sufridos. Le riñeron y obviamente se acabó el juego. 
Lo intentó entonces con el fútbol y más tarde con el baloncesto. Se divertía, pero nunca tanto como cuando en el verano se organizaba el Campeonato Local de Atletismo. Nunca faltaba a la cita. A veces incluso ayudaba a remover el foso de tierra compacta que llevaba todo el invierno sin usarse. Se regaba, se demolía con una azada y se dejaba lisa para que los "jueces" pudieran ver bien la huella sobre la que tenían que medir el salto. Llegó, en una ocasión, cuando apenas contaba con 14 años, a saltar 4,79 en el último intento, arrebatando de esta manera el primer puesto a un chico de Sevilla que entrenaba con un club de atletismo y compitió perfectamente equipado. Ahí se quedó. 
Luego disfrutaba con las competiciones en la tele, con el Gran Premio Diputación de Sevilla en el mítico estadio de Chapina... Hasta que en 1999 el Mundial que se celebraba en el Estadio de la Cartuja le daba la oportunidad de ver a los más grandes. Quería verlos cerca, así que ahorró para comprar una entrada de las caras, abajo, pegado al foso. Allí pudo ver a sus ídolos, apenas a unos metros, con la arena pegada en la piel. No perdió detalle del calentamiento, de los comportamientos de unos y otros. Pedroso voló y se convirtió en Campeón del Mundo. Era elástico y un señor en el aire. Pero él, con quien perdió la garganta animando, fue con el avilesino que movía su melena a un lado y a otro cada vez que pasaba como una exhalación por el pasillo de saltos. Aquel Yago Lamela que saltó 8,40 en un brinco que le valió para ser medalla de plata y para dejarle ese paseo por el aire guardado en el recuerdo.
Ese mismo año, con su amigo Jesús Correa, estuvieron en Avilés, donde supieron de los comportamientos un tanto introvertidos del genial saltador asturiano. Ayer, al leer en una red social la noticia, no pudo dormir. Estuvo contándole a Morfeo su relación con el salto de longitud y cómo el foso había perdido a uno de los grandes. Descanse en paz Yago Lamela. Sirvan estas letras de humilde homenaje.    

jueves, 13 de marzo de 2014

Camino de Los Morales

El partido se va a disputar, como cada mañana de las vacaciones de verano, en Los Morales. Bien temprano. Un niño madrugador, mientras con una mano agarra el balón de fútbol, con la otra sujeta fuertemente el manillar de la bici. El pie derecho hace la función de freno que va rozando la rueda con la ya desgastada suela del zapato. Una versión de freno, rústica y peligrosa, sustituta de las manetas que colgaban flojas, sin cables, sin vida… El fresquito de la mañana se entremete por las mangas cortas y anchas de la camiseta, la ha heredado de su hermano mayor, y también por los huecos de las calzonas, erizando los tostados vellos de los brazos.
Atrás quedan los altozanos de la calle Llana sobre los que destaca el edificio de la Cámara Agraria. Justo en frente, un cartel verde y blanco anuncia la sede de Automovilística Bética, cuyo autobús conduce Juan “el del Directo”. Al lado, el almacén de Ayuso y la sede de la Compañía Sevillana.
Una cigüeña observa la escena en el nido que ha construido en la impertérrita, a pesar del paso del tiempo, espadaña del Convento que despliega una larga sombra sobre el quiosco metálico pintado de verde del Chato. Allí hace una parada, en la sede del Banco Hispano-Americano. Como siempre, tiene que esperar a un amigo. Éste no tiene bici y a pesar de que baja corriendo, casi rodando, las empinadas cuestas del Barrio Nuevo, normalmente llega tarde. Se sube en el portamaletas de la bicicleta. Su cara dibuja un gesto torcido cuando los hierros se le clavan en el culo. Los pies los coloca en las tuercas que sujetan la rueda de atrás, con cuidado de no meterlos en la cadena o entre los radios. Se agarra fuertemente a la cintura del compañero y ahora juntos, continúan el camino hacia el Moro. En tanto uno conduce diestramente la bici, el otro va observando la acera izquierda de la calle. La taberna del “Costri”, el balcón cerrado con cristalera de una casa, el Bar “La Ganchosa”... Un poco más abajo, aparece la fachada de piedra de la casa-palacio, de cuyo interior resuenan aún las corcheas y semicorcheas, fusas y semifusas que brotaron de un acordeón la noche anterior.
Los billares de Antonio permanecen cerrados. En La Plazuela cientos de golondrinas y aviones sobrevuelan la calle. Algunas se posan en los nidos construidos en el novedoso y pseudomoderno edificio que va a albergar la Biblioteca. Un dos caballos hace las maniobras de aparcamiento al lado de una zapatería con un cartel que pone “La Cadena”. La Filomena porta una cántara de leche en el cuadril y se cruza con Don Angel Nosea que sale de su casa con un maletín para visitar a un paciente.
Giran entonces en dirección a la calle Velarde. Los adoquines del pavimento hace temblar la bici y también a sus ocupantes. Les encanta ir dando gritos. Gritos que se entrecortan cada vez que la bici despega sus dos ruedas del suelo. El zaguán de Juan Andrés queda a la vista. A la izquierda la carnicería, a la derecha el puesto de chuches. Más abajo el Taller de coches de Rafael Romero, delante, el Llano de los Escolares y de frente ese gran edificio que aún acoge algunos de los cursos de los niños más pequeños de la educación primaria y el bachillerato. Pasan por el tanque de la leche, la Hermandad de Labradores y … se acabó el urbanismo.
En las piedras de Los Peñasquitos algunas mujeres, lista la colada, tienden sus blancas sábanas al sol para que se sequen. El regajo del "Torí" huele mal, más a su paso por el puente de ladrillo, en el cruce del Cortijito, donde se ven multitud de residuos por allí esparcidos. Los dos ciclistas cogen aire, aguantan la respiración y no vuelven a respirar hasta que, morados, sueltan el aire casi en Cantalgallo. Recortan por la vereda que bifurca Los Morales con el Llano de San Sebastián y se meten en su pulmón en dirección al terreno de juego. Se bajan de la bici unos 50 metros antes de llegar. Dan una fuerte patada al balón y corren detrás de él. Allí están ya preparados el resto de jugadores. Una de las porterías está formada por el tronco de un árbol y una camiseta. La otra está delimitada por una piedra y una blusa de un chándal. Ambas preparadas para formar parte de la polémica que se suscitará durante el encuentro. Ha sido gol, dirán unos. No ha sido poste porque el balón ha pasado justo por encima de la piedra. Ha sido gol, dirán otros. No ha sido alta porque el portero ha saltado con todas sus ganas y no alcanzaba. Tras sortear los equipos por el método “la echo la burra de barbecho, la eché pero no la encontré”… ¡Comienza el partido!

viernes, 7 de marzo de 2014

Vuelta del cole

Suena la sirena. Hora de volver. Los niños bajan las escaleras corriendo, atropelladamente, en estampida, mochila en mano y gritando. Acabó la jornada de colegio.
Algunos tardarán más en llegar a casa. La pelota rueda en el patio. Van a jugar la prórroga porque el partido del recreo quedó empatado. Es injusto, dicen los de un equipo, puesto que su mejor jugador vuelve a casa en el “transporte” de César y tienen que afrontar el tiempo extra sin él. Éste se monta en la furgoneta junto a los otros niños que viven diseminados por los cortijos de los alrededores del pueblo. Está triste por no poder ayudar a los de su equipo.
Hace calor. La pelota levanta polvareda en el campo de tierra. Jerseys remangados por encima de los codos. Sudor en las frentes. Caras coloradas. Bocas abiertas buscando aire tras las carreras alocadas detrás del balón. Quién marque gana. Pero no gana nadie. La buena actuación de los porteros evita que se deshaga el empate. Y los más prudentes empiezan a marcharse. Andando. 
Precisamente por eso, por volver andando, el camino se hace tan especial. Se van deteniendo cada tres pasos comentando las jugadas del partido o alguna anécdota de clase. La comida espera, pero no hay consciencia de ello. Suben bordeando la casa de “Picaillo”, el guarda del colegio, por una cuesta de tierra, sin urbanizar. Un burro amarrado da buena cuenta de la hierba que crece en el solar de San Benito, antesala a la antigua y mal conservada ermita. De sus paredes brota una higuera. Un niño arranca una rama y se unta el líquido lechoso que emana de ella en la verruga que tiene en la mano.
Otro de los del grupo que caminan juntos subiendo la cuesta del Moro no entra “an cá la Viudita”. Su madre no le da dinero para chucherías porque si no deja el almuerzo. Se sienta a la sombra de la ermita, al lado de la puerta donde se lee “Toda la culpa la tuvo la rubia”. Mientras sus amigos compran gusanitos, chicles con cromos de futbolistas y quicos de Churruca, éste se entretiene observando cómo una hilera de hormigas portan sus provisiones en forma de cáscara de pipa.
La vuelta a casa se alarga. Se pierde la noción del tiempo.
De la fábrica de aguardientes de El Clavel sale un frescor y un olor que de nuevo frena a los niños en su vuelta a casa. Se refrescan los sudores mientras huelen la matalahúga de los anisados que allí se fabrican. Un olor que jamás olvidarán, insertado como está en los genes y cerebros de generaciones y generaciones de cazalleros.

                                        

Un enorme camión que descarga pienso en el almacén de Ovelar, los obliga a cambiar de acerado. Pasan por la puerta de la casa de los Bendala, esa que cuando tiene las ventanas abiertas deja ver su enorme salón por debajo del nivel del suelo que tanto fascina a aquellos niños de 9 años.
De nuevo había que cruzar la calle. Hay que hidratarse con el agua fresca que emana de la boca del león, si, justo antes de llegar a la plaza del Concejo, la que fuera antesala de residencia de reyes, presidida por la enorme palmera y la fuente de piedra. Allí el grupo se dividía, unos tiran por la calle el Peso y Castillo, otros continúan Cervantes arriba. La cuesta va haciendo mella en el cansancio de los niños. Apenas pasan coches por las calles. Es la hora de la comida. El silencio es interrumpido sólo por la conversación animada de los niños que van llegando a su destino, ese desproporcionado bloque de pisos que tanto destaca entre las casas de fachadas blancas. Un poco más arriba, antes de concluir el camino, saludan a Carmela que ayuda a su marido con las cántaras de la leche y también a Romero que está metiendo varias cajas en su tienda. Dorotea Androjo se asoma al balcón de su casa. Las macetas recién regadas sueltan agua gota a gota y mojan a Carlos "El Pirata" que va entrando por la puerta. El vecino Clemencio ve pasar a los niños mientras cierra la taberna de "Las Papas”. Todavía hay una parada más antes de subir a casa. En el poyete del Monte de Piedad planean las actividades de la tarde. Carmina barre la puerta de la peluquería. Los apremia. Venga que os dejan sin comer. Dan un salto. El camino de vuelta ha terminado. La añoranza permanece…   

jueves, 9 de enero de 2014

Creer en las personas

Gregorio Conejo dio su palabra, la cumplió
y ayudó para hacer feliz a nuestro amigo Antonio
El Real Betis había perdido la final de la copa del Rey de 1997 por 3 a 2 ante el FC Barcelona. Ese día, un gran amigo mío y gran bético sufría un grave problema de salud. Antonio Garrucho no pudo siquiera ver el partido. 
Salió adelante tras tener que trabajar mucho para recuperarse. Durante el lento proceso quisimos animarlo con una sorpresa. Al principio pensamos que fuera una camiseta del por entonces ídolo bético Alfonso Pérez Muñoz, dedicada. Lo intentamos a través del periodista de Radio Sevilla José Antonio Sánchez Araujo, pero en aquellas fechas su relación con algunos miembros del club verdiblanco no era del todo fluida. 

Alfonso Pérez protagonista de la sorpresa
Entonces a Paco "El Melli" se le iluminó una bombilla en su cabeza. ¿Por qué no llamamos a Gregorio Conejo? Gregorio Conejo era consejero del Betis de Lopera, cabeza visible del club, siempre en todos los medios de comunicación sevillanos. Y había estado alguna que otra vez comiendo en Los Mellis. Tan buen trato dimos y recibimos que una de las veces, Gregorio Conejo nos dejó su tarjeta con su teléfono personal para "cualquier cosa que se os ofrezca". Y como no teníamos nada que perder, descolgamos el teléfono y llamamos a Gregorio. Le explicamos la situación y le pedimos que nos asesorase de qué manera podíamos hacernos con una camiseta firmada por la estrella bética. Pero cuál fue la sorpresa que al otro lado del teléfono Gregorio nos dijo, si tan importante es para vosotros, voy a llamar al chaval que está lesionado, y si no tiene inconveniente el domingo estamos ahí para la hora de comer. Nunca pensamos que la palabra de este hombre fuera signo de compromiso tal. Pero así fue. Ese domingo a mediodía, en un momento que no había muchos clientes en el bar, miro hacia la puerta y por la misma entran Alfonso Pérez Muñoz y su esposa acompañados por Gregorio Conejo. Me dio un vuelco el corazón. 
Antonio Garrucho, gran amigo
Terminaron de almorzar y tuvieron la amabilidad de charlar un buen rato con Antonio y algunos de sus familiares. Alfonso le firmó una botella de vino y deseó lo mejor para la recuperación a Antonio. 
Y es que lee uno la prensa, o mira las noticias en la tele con tanta corrupción, condenados, imputados, jueces y juzgados... que nadie conoce a nadie...
Por eso, recuperar en mi memoria estos momentos de emoción te hacen mantener la confianza en las personas. En los buenos corazones. En la palabra. 

domingo, 15 de diciembre de 2013

Gracias por "La Cazalla de Paco"

Lo que abajo suscribo es la respuesta a la sorpresa que me dio el amigo Paco Cepeda en su blog personal dentro de la web www.muchodeporte.com, pero para poder entenderla, previamente hay que leer el artículo titulado "La Cazalla de Paco" que se encuentra en el siguiente enlace: 

http://www.muchodeporte.com/blogs/1/Titular/86/la_cazalla_de_paco

La tarde va llegando a su fin. Dresde está viendo un otoño impropio, soleado, que deja unas estampas de luz y color que agrandan las pupilas y se guardan en las retinas. 
Hoy hay Premiere en el Semperopera Ballet. Estrenan Nordic Lights. La hora señalada son las 7 de la tarde. Aquí a esa hora ya es de noche. Ha aparecido como cayendo a plomo, rápidamente. Deja todos los rincones oscuros en las eficientes y poco iluminadas ciudades alemanas. Menos el teatro que está vestido de gala para recibir a un público expectante con el estreno. Trajes de chaqueta, corbatas, tacones altos y vestidos de tirantas. Buenos portes. Público cosmopolita. Yo apenas llevo una chaqueta y camisa prestadas. También unas botas con tacón que me acerca más a la altura de los alemanes, separan mi cabeza aún más del suelo, pero que me están justas y me aprietan los piés. No puedo de dejar de mirar y admirar el escenario donde se va a llevar a cabo la representación. Barroco, decoración recargada, paredes que expresan las escenas de sus pinturas. No cabe un alfiler. 
Semperopera (Dresde, Alemania)
No entiendo muy bien algunas escenas. No entiendo qué es lo que los coreógrafos intentan que expresen los bailarines, pero me divierto mucho contemplando los movimientos, la expresividad de esos cuerpos fibrosos y musculosos, el dominio del espacio y de los tiempos...
Acaba la función. El aplauso dura, yo diría, más de 10 minutos. El público ha disfrutado y lo transmite. Los bailarines salen una y otra vez a saludar. Se hace interminable. 
Pasamos a los camerinos, a dar nuestra sincera enhorabuena a los artistas. Están contentos. Ha salido todo bien. Es hora de festejarlo. El teatro tiene preparada una fiesta, con dj y todo, para que los bailarines, familiares y amigos compartan este momento de felicidad. Tras los discursos de rigor, tomamos una Reiderberg alemana. No se parece en nada a la Cruzcampo. Vaya, ya estoy otra vez con las comparaciones con mi tierra, me digo, mientras se me escapa una sonrisa. Pero la ingeniería alemana, tan precisa en la mayoría de las ocasiones, en esta ocasión comete un error de bulto. No pone comida. Ni siquiera unas bandejas con canapés, por lo que, algunos bailarines, apenas tras apurar la primera copa de vino, quieren marcharse a cenar. Acaban de realizar un esfuerzo importante, llevando su cuerpo a una exigencia física que requiere, como Dios manda, recuperar energías. A los pocos minutos, una iniciativa promovida por los españoles que estábamos y que éramos muy numerosos se ve apoyada por varias personas hambrientas. Nos repartimos en varios coches y nos dirigimos a Vino Veritas, una taberna de un búlgaro que tiene una cocinera china. La globalización me digo. Nuestro grupo era de lo más variopinto. Una china, un australiano, dos biolorrusas, un americano y una americana, tres alemanes, una checa... acompañados por un donostiarra, una barcelonesa, dos murcianas, un madrileño y un cazallero, pienso, mientras vuelvo a sonreir. ¿Qué hago yo aquí metido? me pregunto. 
Entonces, intento enseñarle un video muy tierno a una bailarina embarazada, sobre una niña pequeña con su perrito, que me enviaron hace unos días por facebook. Enciendo el roaming y veo que me llegaron varios mensajes de wathsapp. Uno es de mi amigo Migue. Me invita a leer una entrada en el blog de Paco Cepeda, creo que te va a gustar, me dice. Directamente lo hago. A ver qué nos deparará la buena pluma de Cepeda. Abro la web y creo a mi alrededor un paréntesis. No oigo ni veo a nadie en ese momento. Me inserto en mi mundo, en mi Cazalla, donde me llevan las palabras de Cepeda. Cuando termino de leer, Mónica, una chica de Córdoba se percata que se me han saltado las lágrimas. ¿Pasó algo? Me pregunta. Y digo sí, mira. Lo lee y me dice siéntete orgulloso de amigos así que te aprecian. Yo también los tengo, pero desgraciadamente a muchos kilómetros de distancia. Es la triste realidad del emigrante, me digo. Luego sonrío de lo afortunado que soy de poder vivir y trabajar en mi pueblo, de poder exportar las excelencias de mi tierra y de tener los amigos que tengo.

sábado, 14 de diciembre de 2013

De Cazalla de la Sierra al Mundo

Imagen de la nueva tienda Yumiko en Berlín

Espacio, iluminación, colorido... Yumiko Takeshima abrió el pasado 7 de diciembre su nueva boutique, su tercera boutique (tras las de Nueva York y Tokio), la primera en Europa. Ha sido en Berlín, la ciudad del pirulí de Alexanderplatz, del Checkpoint Charlie donde permanece una raída y descolorida bandera roja, símbolo de la antigua Unión Soviética. La ciudad de la puerta de Brandemburgo, del muro, de la caída del muro... Cosmopolita, vanguardista. Capital. 
A buen sitio han ido a poner la era diría una abuela cazallera si viera los Mantecados de Nuestra Señora del Monte, de Trigo Hermanos, endulzando las navidades berlinesas a los clientes de la nueva boutique que miran con entusiasmo el colorido, las formas y el diseño de la tienda y de las prendas made in Cazalla de la Sierra. Mezcla de sensaciones. Objetivo conseguido. Nuevo proyecto hecho realidad. Ahora, las prendas que confeccionan las manos de los Sánchez, Félix, Sandra, Inés o Vero, de las manos de las Macus, de Begoña, de las hermanas Macías... salen también destino Berlín, además de a San Francisco, Nueva York, Sidney, Tokio, Amsterdam o París. Manos expertas, de 27 personas sucesoras de la tradición textil de décadas de Cazalla, de más de diez años ya dando puntadas a la inspiración de Yumiko plasmada luego en sus creaciones. Movimientos de bailarines captados por la mirada de la japonesa, imaginados en su mente, realidad posterior que se pega la piel. 
Un pedacito de los corazones afortunados que trabajan y viven en Cazalla de la Sierra sale dirección al mundo en forma de ropa de danza gracias a la oportunidad que un día, hace 11 años, les dieron una japonesa y un americano. Sinergia. 

martes, 10 de diciembre de 2013

Ejemplo

José Damián con Sara en el parque del Moro

La vida es un camino de rosas, con espinas, dirán unos. La vida es un regalo, dirán otros. La vida es una tómbola, como la canción de Marisol, o la vida es un "vidón". Cada uno la cuenta según le va. 
Hay personas a las que le vienen mal dadas, como a José Damián, desde el principio, desde la cuna del hospital. Una jugada del destino. Una mala jugada. Injusta siempre. Sin embargo a él ese revés le ha dado una energía, positiva, fuera de lo común. Su vitalidad es tal que constantemente la transmite a todos a su alrededor. Estar unos minutos con él, es suficiente para que te contagie su intensidad. Hace que te importen menos los problemas cotidianos, esos que a veces te llevan a la discusión, al enfado, a la tristeza... Con él al lado todo eso se olvida. Pasa a un plano secundario. Es él un canto constante a la vida. Es un Ejemplo. Vive su día a día repartiendo siempre amor y cariño por doquier, transmitiendo sus ganas de ser feliz. Estar con él te hace perdonar y pedir perdón a los semejantes, olvidar desagravios. Con él te quedas con el presente. Te transformas en presencia. Dominas tu mente... Y te hace mejor persona.
Hay quien se empeña en mirarse en el espejo de los personajes que aparecen en la tele, en las revistas, en los famosos. Es como si sus vidas fueran los ejemplos a seguir. Hay otros ejemplos, más cercanos, más reales. José Damián. Cercano, cariñoso, simpático, "cachondo", amigo. Es muy popular, por una forma de ser muy especial, alimentada siempre por sus padres Chema y Pilar. Todo el mundo lo quiere. Y es que uno recibe lo que da.  

jueves, 5 de diciembre de 2013

Luchadoras

El presente aprieta. Muchos jóvenes se acuerdan ahora de la sonrisa que dibujaban sus caras cuando las abuelas hacían referencia a la vuelta de tiempos en los que imperaba la necesidad. Aquellos en los que no había ni para lo más básico.  Los “años la jambre” como decían esas sabias abuelas de la experiencia. Locos años 20. Ruptura y vergüenza en los 30. Horror después. La réplica era que aquello ya pasó. No volverá. Ilusos. La historia se repite.
Tras años de bonanza, de locura, hoy la mayoría no vive tan alegremente. A la mayoría le cuesta llegar a fin de mes. Para la mayoría el futuro queda lejano. El presente asfixia. 
Se viven momentos de incertidumbre. Se vive entre interrogaciones. Una de ellas es qué pasará con las pensiones. Cuál será la edad. ¿Bajarán? ¿Se privatizarán? 
Dos luchadoras, dos trabajadoras de las que levantan los países, han accedido en el transcurso de este año a su más que merecida jubilación. Tras años, muchos años de trabajo, ahora, en el otoño de sus vidas, no sin cierto temor por los comentarios vertidos en los medios de comunicación, han accedido a su pensión tras tener que esperar algunos meses después de cumplir los 65. Jubilaciones ganadas a pulso. Ganadas a base de sacrificar sus vida para los demás. 
Mariquina Carmona, inquieta. Amante del conocimiento. Fija de ideas. Tras trabajar desde muy pequeña junto a su familia en la Repostería del Casino en la España de los señoritos, es madre de cinco hijas. Y cuando tuvo que pelear para darle a sus hijas una carrera universitaria, a las cinco, se embarcó con enorme valentía en un proyecto al que ha dedicado más de 15 años de su vida. Salió de su casa. Se formó y se autoempleó. Se puso de cara al público y realizó miles de ramos de rosas rojas para que fueran compartidas por enamorados. 
María del Monte Álvarez se ha llevado más de 40 años entre fogones y aceite de oliva en el Bar Los Mellis. Ha cocinado para los personajes más importantes e influyentes de este país. También para modelos, toreros, futbolistas, cantantes, actores y actrices de primer nivel nacional e internacional. Ha puesto mucho cariño en atender a los clientes de siempre, los de todos los días, los de todos los fines de semana. Cariño para que los boquerones estuvieran bien fritos. Para que el huevo de las espinacas estuviera bien cuajado. Para que la carne asada estuviera en su punto. Es madre, ahora abuela, cocinera, enfermera... 
Estas dos luchadoras tienen derecho a descansar aunque siguen trabajando en el hogar donde nunca se descansa. Son dos ejemplo de muchas mujeres, de muchas personas a las que no se les puede privatizar, no se les puede privar de un derecho adquirido tras años de constante esfuerzo. 
Ha llegado el momento de pasear, de contar anécdotas, de asistir a la gimnasia de mantenimiento, de ejercitar la mente, de hacer excursiones, de ir al taller de risoterápia, de encarar la vejez con la satisfacción del deber cumplido. Ha llegado el momento de disfrutar del tiempo que nunca tuvieron.  

lunes, 2 de diciembre de 2013

La Confi

Era un niño bajito y regordete que era capaz de almorzar en casa y repetir almuerzo si en la casa de su tía la comida le entraba por el ojo. Disfrutaba comiendo. Ahora también disfruta con la comida y con las cosas sencillas. Por eso, cuando echa la vista atrás, a su mente acuden momentos que podían parecer cotidianos cuando era pequeño, pero que, con los años, se han convertido, precisamente por sencillos, en mágicos.
Uno de esos momentos hoy mágicos, era cuando su abuela Isabel le daba una cubeta que en su día había servido de soporte para los helados de nata que acompañaban los postres del Bar Los Mellis. Eso significaba que había que ir a la “Confi” a por harina para rebosar el pescado frito.
Sólo tenía que cruzar la calle. Los días que iba cuando Amadora había concluido su horario de venta al público, se encontraba que la puerta estaba emparejada. La atravesaba y entonces el ruido del motor de la vitrina se mezclaba con el olor dulce que se ha quedado fijado para siempre. En la penumbra permanecía unos segundos, esperando que sus pupilas se adaptaran a la oscuridad para vislumbrar ante sí bandejas de pasteles redondos, petisús, rosas… todo un tesoro para un golimbro.
Atravesaba la habitación del trinchero y del frigorífico, de donde más de una vez había visto salir carmelas rebosantes de crema.  Una sala más adentro Antonio, el Maestro,  apretujaba su manga pastelera con la que dibujaba trazos de merengue en la tarta de cumpleaños que estaba preparando. - ¡Hombre Paquillo! – decía sonriente. Mientras dejaba la manga pastelera  acompañaba al niño con la mano en el hombro hasta donde tenía la harina. Cargaba la pala un par de veces y ya estaba el cubito lleno. Quini bromeaba con el niño sobre la singularidad que los hacía diferentes. Ambos tenían los piés planos. Allí estaban también Lolo y Práxedes que después de acabar el curso estaba pasando las vacaciones de verano en Cazalla y arrimaba el hombro.
El patio al fondo, el brazo que batía el merengue, los bizcochos recién salidos del horno, crema, moldes, manos llenas de harina, bizcotelas en papel de estraza… Siempre trato familiar. Dulces recuerdos de la infancia que quedan grabados con la mejor de las tintas en los pergaminos de la memoria. 

domingo, 1 de diciembre de 2013

El brote de la semilla



Como de la semilla brota el árbol, así quiero usar esta metáfora para que broten palabras de experiencias vividas. Tras escribir en El Chorrillo, la Revista de Cazalla, El Correo de Andalucía... vuelvo a tener ganas de contar cosas y por ello quiero usar este medio independiente, sin líneas editoriales, para expresar sensaciones que no noticias. Servirá como medio de reflexión personal. Contacto de dedos y teclado, de mente con recuerdos. Vida y cuento. Letras...